Como parte de una serie de testimonios de la XIII Jornada Socio-Teológica ABC Abriendo Brechas de Colores, Elizabeth Díaz comparte sus vivencias y reflexiones.
En años anteriores trabajé con una organización de ayuda humanitaria de la Iglesia Católica, experiencia que me dejó una huella profunda y me enseñó que servir a otros es también una forma de enriquecer el espíritu. Por eso, cuando la pastora de la Iglesia Metropolitana de Matanzas me pidió colaboración para organizar una visita a una comunidad afectada por el paso del ciclón Melisa, sentí gratitud y entusiasmo: era la oportunidad de volver a poner manos y corazón en una labor que considero esencial.
Escogí la comunidad de María del Pilar, un asentamiento humilde compuesto por 75 núcleos familiares dispersos, con un total de 175 habitantes, de los cuales 61 son niños y adolescentes menores de 16 años. Está situada después de la Laguna de Baconao, a 54 kilómetros al este de Santiago de Cuba. La elección no fue casual: supe que el río había arrasado el puente que constituye su única vía de acceso, dejándolos incomunicados durante días, sin posibilidad de adquirir alimentos ni recursos básicos. Lo más doloroso era que, tras un mes de aislamiento, aún no habían recibido ayuda alguna, lo que aumentaba la sensación de abandono y vulnerabilidad.
El 15 de diciembre emprendimos el viaje. Mi esposo, mi hija y yo nos unimos a los miembros de la Iglesia Metropolitana de Matanzas y a su pastora, junto a monjes del Templo Zen Kosenshinji y a integrantes del proyecto Abriendo Brechas de Colores. Éramos un grupo diverso, con distintas creencias y tradiciones, pero unidos por un mismo propósito: llevar consuelo, compañía y recursos a quienes más lo necesitaban. El trayecto, largo y lleno de expectativas, se convirtió en un tiempo de reflexión sobre la importancia de la solidaridad y la fuerza que nace cuando diferentes voces se unen en un mismo canto de esperanza.
Al llegar, la comunidad nos recibió con cierta reserva, como suele ocurrir cuando se enfrentan desconocidos después de días de incertidumbre. Sin embargo, bastó presentarnos y explicar el sentido de nuestra visita para que poco a poco las miradas se suavizaran. Organizamos dinámicas con los niños, los jóvenes y los adultos, primero por separado y luego todos juntos. Fue hermoso ver cómo, con el paso de los minutos, los vecinos se fueron incorporando hasta que casi la totalidad participaba. Las diferencias de edad, género, color o religión se desdibujaron: lo que prevaleció fue la alegría compartida y la sensación de que, por unas horas, la comunidad volvía a respirar con alivio.
Ese día se convirtió en una fiesta inesperada. Bajo los árboles compartimos un almuerzo sencillo, pero lleno de significado. Entregamos medicamentos, módulos de alimentos, ropa y artículos de primera necesidad. Y, más allá de lo material, regalamos y recibimos sonrisas, bailes y momentos de diversión que devolvieron a la comunidad un respiro de esperanza. Los niños jugaron con una energía renovada, los adultos se permitieron reír y bailar, y todos juntos descubrimos que la fuerza de la vida puede renacer incluso después de la tormenta.
Al regresar, me llevé la certeza de que la verdadera riqueza de la jornada no estuvo solo en los bienes entregados, sino en la comunión que se creó entre nosotros. A pesar de nuestras diferentes religiones y creencias, trabajamos como un solo cuerpo, demostrando que la solidaridad no conoce fronteras espirituales. Confirmé, una vez más, que la ayuda material es vital, pero el acompañamiento espiritual lo es tanto o más: basta la voluntad sincera de estar presentes, de escuchar y de compartir, para que quienes sufren se sientan menos solos.
Ese día en María del Pilar fue más que una visita de ayuda humanitaria: fue un recordatorio de que la esperanza puede renacer incluso en medio de la adversidad, y que la unión de voluntades diversas puede iluminar los caminos más oscuros. La experiencia me reafirmó que, cuando se tienden puentes de solidaridad, ninguna comunidad queda aislada.
Relatos del equipo facilitador
El camino de Santiago. Un viaje al amor.
Adriana Riyukiyoi reflexiona sobre los vínculos, la compasión y el amor compartido que dieron forma a la XIII Jornada Socio-Teológica ABC Abriendo Brechas de Colores.
A Santiago
Daylet Acevedo recuerda el viaje a Santiago y su paso por María del Pilar durante la XIII Jornada Socio-Teológica ABC, donde la experiencia sigue resonando en la memoria y el deseo de volver.
María del Pilar: una comunidad y una isla
Una reflexión de Elaine Saralegui sobre los aprendizajes, desafíos y vínculos humanos que marcaron su participación en la XIII Jornada Socio-Teológica ABC.









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