Como parte de una serie de testimonios de la XIII Jornada Socio-Teológica ABC Abriendo Brechas de Colores, Adriana Riyukiyoi comparte sus vivencias y reflexiones.
En la vía
Dicen los chinos que el viaje más largo comienza con el primer paso. Así es, pero también, el viaje más largo empieza antes del primer paso, comienza con la idea del viaje.
Cuando Elaine me habló de la intención de visitar Santiago de Cuba para participar de talleres con personas de la comunidad LGBTQ+, personas pacientes de cáncer y la visita a una comunidad en las montañas a la cual no había llegado ninguna ayuda luego del paso del huracán Melisa, tuve de inmediato una conexión con este trayecto y decir que sí fue algo que salió naturalmente, de algún lugar cercano al corazón.
Como al que madruga Dios lo ayuda salimos de La Habana antes del alba, pasamos por Matanzas, por la sede de ICM en apagón, y en la carretera nos sorprendió un hermosísimo amanecer.
Fue un viaje largo, especialmente cuando entramos a Camagüey, esa provincia cubana que parece no terminar nunca porque es la de mayor extensión, pero donde encontramos sus famosas cremitas de leche que aunque al inicio nadie les dio mucha importancia luego nos descubrimos cargando con casi todas las que vendían en el camino de regreso.
Hay muchas personas a quienes no les gustan los viajes de carretera pero yo los amo, me recuerdan tal vez aquel lento y ruidoso tren de Hershey de mi niñez que me llevaba a mi familia paterna en Matanzas. Era para mí emocionante ir viendo en una papeleta que entregaban cada una de las estaciones en las que hacía parada el tren, eran muchas, el verde de nuestros campos y el olor de la caña me hacían sentir como una verdadera aventurera, libre y feliz. Ese sentimiento se hizo presente en este recorrido desde Occidente hasta Oriente.
Casi un día de camino en esas carreteras llenas de baches y otros obstáculos, a veces conversando, otras veces escuchando en bucle las canciones del Bebeshito preferidas por el chofer de la guagua, haciendo fotos por las ventanas y escudriñando los carteles para calcular las horas que aún nos quedaban en la vía. Creo que no me equivoco si digo que estábamos con tremenda emoción y muchos deseos de llegar a ver a todas esas personas a quienes visitaríamos.
Llegamos ya entrada la noche así que solo quedó ponerse de acuerdo sobre la hora de salida del otro día e irse a descansar.
Acompañar es amar
Amanecer en la tierra santiaguera es algo mágico. Se sale a la calle y se siente que las personas con las que se cruza en el camino son como uno pero a la vez hay en ellos una sonrisa diferente, un andar más cadencioso, un dejo de bondad olvidado.
Eso nos recibió también en el lugar de encuentro con las mujeres valientes de Las Isabelas y los miembros de la comunidad de trans masculinos de Santiago. Aunque no nos conocían pasaron solo unos minutos para que todos nos sintiéramos en casa, acogidos por el amor y la calidez de aquellas personas.
Fue un encuentro que nos conmovió mucho. Allí se habló de los dolores, de las pérdidas, de las tristezas, pero también de esperanza, de amor, de bendiciones y buenos deseos, de la posibilidad real de que al ayudarnos entre nosotros podremos sostenernos y construir un mundo mejor sin discriminaciones, sin desigualdades sociales, sobre la base del respeto, del amor, de la compasión.
Cada persona presente pudo hablar de su experiencia, de los momentos duros vividos antes, durante y después del paso del huracán, también de la convalecencia del virus del chikungunya y sus estragos. Se habló de casas derrumbadas, techos caídos, pertenencias perdidas para siempre, de la ausencia de electricidad posterior, de la falta de agua potable y comida, de todo tipo de carencias materiales y espirituales.
Se habló también de las redes de apoyo entre personas, de cómo muchos sobrevivieron por la ayuda de sus vecinos y amigos, en muchos casos continuaban viviendo en los lugares que los acogieron y compartiendo lo poco que tenían entre ellos. Se hizo evidente entonces que la gestión del gobierno fue escasa, pobre y muchas veces nula y que eso significaba que como pueblo debemos unirnos y auxiliarnos porque no podemos depender de las ayudas del gobierno que se quedan en promesas.
También jugamos de pie en un abrazo conjunto. Si la voz decía adentro debíamos pisar afuera, si decía afuera debíamos ir adentro. Derecha significaba moverse a la izquierda e izquierda dar un paso a la derecha. Fue divertido, nos unieron las risas y las equivocaciones, las pisadas y los saltos. Cuando se juega se establece una magia, una complicidad, por eso los niños son tan apegados a sus amigos, porque el juego y la risa sanan y hermanan.
Compartimos un almuerzo, el café, refrescos, recibimos de regalo unas velas artesanales que debíamos encender el 24 de diciembre. En nuestro altar se encendieron las nuestras ese día y junto a eso pedí al orden cósmico, a Dios, que velara por cada persona que estuvo ese día, en especial por las enfermas o sobrevivientes de cáncer, que velara por cada criatura de esta tierra, que abriera las puertas al amor, la paz y la justicia en Cuba.
En ese encuentro conocimos a Yoao David, un muchacho trans que es un ser luminoso. A su casa fuimos dos días después, a visitar su barrio más que pobre y ver cómo viven muchas personas en nuestro país, un lugar sin calles, con casas hechas de madera y algunos ladrillos, improvisadas al borde de arroyos, entre pedazos de tierra, piedras y árboles. Yoao vive con su mamá enferma y una gata mariposa. Nos enseñó los daños que le ocasionó Melisa, cómo perdieron el lugar que utilizaban de baño y nos dijo que las únicas personas que habían dejado su ayuda en ese barrio eran las de la Familia Cubana, un proyecto particular que estuvo repartiendo algunas donaciones luego del huracán. Una vez más el gobierno brillaba por su ausencia. Sin embargo Yoao es un ser que sonríe, cuida de su madre y aun así encuentra el tiempo para visitar los hospitales y ayudar a quien lo necesita a veces acompañando, a veces recogiendo la ropa sucia de algunos que están solos y lavándolas para ellos. Yoao, un hombre trans en una tierra machista y homofóbica, dice que es feliz y que está lleno de fe.
María del Pilar
La ruta a la comunidad de María del Pilar es verde y azul. Bueno, a veces es también negra. El camino es de varias horas por una carretera que en muchos lugares se hace difícil porque está muy dañada y en otros porque se inclina. Vamos subiendo montañas, bordeando el mar, pegándonos al Caribe.
Es un recorrido hermoso, pequeños caseríos con animales sueltos, casitas rodeadas de árboles y las montañas en el fondo de todo el cuadro. Eso parece romántico y lo es pero no hay que olvidar que aquí viven personas, alejadas del centro de la ciudad, con dificultades para desplazarse para llegar a los hospitales, a las escuelas, son asuntos que permanecen sin solución, asuntos que dependen de la buena voluntad de los personas mismas y de sus redes de ayuda, muchas veces improvisadas en medio de la carencia.
Al pasar cerca del mar nos animamos a bajar de la guagua y tocar su agua. Mientras meto los pies y dejo que las pequeñas olas me mojen voy haciendo una oración, una plegaria. Pido a Dios que seamos un instrumento suyo, como en la oración de San Francisco, que llevemos amor, paz, esperanza, alegría, fe. Que los habitantes de este lugar que vamos a visitar no nos vean como intrusos, que nos sientan junto a ellos, como ellos, porque todos somos lo mismo, seres que se acompañan en este planeta, seres que debemos unirnos aun mas en el amor.
Digo que a veces la vía se hace negra porque en el recorrido vemos varios hornos de carbón. Allí hago una fotografía que me parece hermosa, en ella hay una mujer, un perro y un horno. Ella es la que se está ocupando del carbón, una tarea dura y que demanda mucha atención para no salir herida. Luego sabremos que su esposo ha subido al lugar adonde vamos, avisado de que allí va a recibir algunas donaciones. En el camino de vuelta lo dejamos allí y la vemos de nuevo, rodeada de niños.
Llegamos a María del Pilar y hay un mar de gente que nos espera. Para ellos debe ser una novedad cada visita y por tanto nos están esperando con mucha curiosidad. Al principio están separados, pero luego como en el taller anterior, se van relajando y comienzan a interactuar con nosotros.
Comemos juntos primero. Hay muchos niños, muchos, también hay algunos perros y ellos se asombran de que también se comparta la comida con los animales. Intentamos ser respetuosos y no agredirlos con nuestras maneras pero entendemos que está bien que vean que compartir la comida con los animales es algo también necesario y hermoso. Por supuesto, la compasión es también entender que en lugares donde escasean los alimentos muchas veces no hay para dar algo a los animales y tampoco hay costumbre de hacerlo, pero ese día encontramos la vía del medio y cada ser presente tomó su comida.
Comienzan entonces los talleres, los niños van hacia la escuela, allí donde todos tienen la misma maestra para impartir clases a todos los grados en la misma aula, y los adultos se quedan allí donde almorzamos juntos, debajo de los árboles.
En la guagua se van preparando las cosas para luego repartirles de la mejor manera los alimentos, medicinas y ropa que hemos traído para ellos.
Todos juntos hablan de sus vivencias durante el huracán, de sus necesidades, de sus deseos. Lo que escuchamos no es diferente a lo que sentimos, todos queremos vivir simplemente, con acceso a los centros de salud y las medicinas, con la posibilidad de alimentarnos con lo fundamental y de recibir una educación que nos permita hacer lo que hemos venido a hacer, cada uno en su camino, a este mundo y específicamente a este país que tanto necesita un cambio.
Luego llegan la música, los juegos. Mientras unos reciben sus donaciones los demás, especialmente los niños, bailan y juegan. Allí hay una niña muy pequeña que baila con nosotros y un niño preadolescente que reta a Dianelys con sus pasos, que se sabe cada movimiento, que disfruta cada canción, cada ritmo. Es un momento de una alegría especial y creo que es lo que va a quedar en el recuerdo de todos, ese instante en que se olvida todo lo que nos disgusta y nos hace sufrir para dejar que entre la alegría, la paz.
De regreso a la ciudad vamos felices aunque diría que también un poco tristes, callados como Pilar, a la derecha del coche. Muchos de los lugares por los que pasamos ya no tienen electricidad y la noche va cayendo y los envuelve en una gran oscuridad y un enorme silencio.
Compartiendo luz
He escuchado una historia donde el Buda habla de que compartir la luz hace que esta crezca más y que se haga más brillante. Compartir la luz no la empobrece sino que la ayuda a hacerse más fuerte.
Esto se siente cuando podemos tener la posibilidad de servir a otro. No hay que envanecerse ni sentirse superior porque servir con responsabilidad y amor es llenarse de compasión y tratar al otro con respeto y amor. Siento que es lo que hicimos en este viaje.
Es por eso que además hemos aprendido de nosotros mismos también, es por eso que no hemos eliminado nuestro grupo de whatsapp, que continuamos compartiendo los buenos días, las alegrías, las tristezas. Siento que hemos encontrado en las experiencias de este viaje un nicho lleno de amor, esperanza y fe. Hemos visto aquello que nos une y no lo que nos diferencia, hemos sido un solo ser amando de manera incondicional.
El camino largo que comenzó como una idea ha crecido y se ha hecho entonces infinito.
Relatos del equipo facilitador
Sostener lo invisible: cuidar para que todo suceda
Elizabeth Díaz comparte su experiencia de servicio y acompañamiento durante la XIII Jornada Socio-Teológica ABC, destacando el valor de la solidaridad y la fuerza de la comunidad.
A Santiago
Daylet Acevedo recuerda el viaje a Santiago y su paso por María del Pilar durante la XIII Jornada Socio-Teológica ABC, donde la experiencia sigue resonando en la memoria y el deseo de volver.
María del Pilar: una comunidad y una isla
Una reflexión de Elaine Saralegui sobre los aprendizajes, desafíos y vínculos humanos que marcaron su participación en la XIII Jornada Socio-Teológica ABC.









Deja un comentario